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MAURICIO PURTO

Una mujer vendiendo sutras y banderas de oración es la imagen más latente de Lhasa, capital del Tíbet. Esa imagen desfila en mi imaginación.

El viento fuera de la tienda brama solitario en estas lejanías, amenaza con volarnos desde nuestro frágil hogar de nylon. Me conecto con la imagen y mi mundo interior, pero los sentidos me obligan a procesar: ¡Tengo que levantarme y revisar los anclajes!

Me estiro en el tibio plumón. Incorporado, asomo la cabeza. Veo el cielo diáfano de una noche con luna. El llano tibetano iluminado de selenita. ¡Cuánto me encanta esa luz fría, que no agrede!

¡El viento!, sí, debo atinar. Aunque ha amainado, igual revisaré los tensores. Aún no siento frío fuera del saco de dormir, calzo los botines interiores y salgo. Examino cada uno de los anclajes mientras un escalofrío me recorre. Lo siento más real que nunca. Rápidamente torno a la calidez de mi envoltorio de duvet. Luciano y Saray duermen.

Hace diez días que nos desplazamos por este altiplano que aunque más vasto, no deja de recordarme al de Chile. Conozco estos paisajes. Los budistas seguramente piensan que regreso a recuperar el conocimiento de una anterior encarnación. Y con mis hijos.

Desvelado, con la primera luz enciendo la cocinilla y preparo el desayuno. Cumbres nevadas enmarcan esta meseta inmensa donde el aire seca todo labio. A más de cuatro mil metros de altura, en este "territorio autónomo" de China viven casi cinco millones. No los vemos.

Recorremos paisajes lunares, calcinados, quemados, posesionados por la erosión, como si el tiempo empujase a estas montañas a límites extremos, rojas de día, blancas de noche. Un desierto alucinante.

No todos los días encontramos poblados: algunas pircas y casas de piedra y de adobe. De vez en cuando cruzamos una caravana de peregrinos o de comerciantes vestidos con pieles de ovejas y de yaks, los bóvidos de las alturas.

Nos cuidamos del desgaste de la altitud y del frío. Dejamos atrás un paso a más de cinco mil metros y descendemos a paso lento, con la mente embotada.

De vez en cuando el vendaval distrae con su ruido y su fuerza, y levanta guijarros. Antiparras nos protegen de la arenisca, y un pañuelo nos permite respirar. La marcha es como flotar en el vacío.

A mediodía divisamos por fin un villorrio más grande. El viento penetrante de las alturas ha barrido las nubes, y gozamos de un magnificente espectáculo: la cadena principal del Himalaya. Reposando sobre este altiplano tomo conciencia de que no la estoy viendo por primera vez.

Los contrafuertes del Everest brillan con la luz cenital. Su cima de 8.872 metros alberga la ventisca de nubes lenticulares. La faz norte de la montaña regala sus detalles. Imagino a Mallory e Irvine en su intento cimero; también a Norton, cuando en 1924 llegó casi a los 8.600 metros, sin oxígeno embotellado. La faz sur, la del ascenso de Hillary y Tensin, se dibuja sobre el glaciar del Khumbu...

Pero no puedo descuidar el Cho Oyu, 8.201 metros de montaña. La montaña de mis amores, mi primer ocho mil. Y que ahora comparto con los amados. Por eso me devuelvo a ella a cada rato. Desde acá se intuye el Nang-Pala, un paso a 5.800 metros, al oeste de la montaña, y de ahí la parte alta de la ruta de ascenso de nuestra expedición de 1987. Por este paso entraron los primeros serpas a Nepal, escapando de los mongoles, hace mil años. La leyenda cuenta que enterraron turquesas para apaciguar al Himalaya. Ahora estamos recreando la leyenda, que compartiremos en Cumbres del Mundo.

Posteado por El Mercurio a las 09:49 AM | Comentarios (1)

 
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