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Manuel Rodríguez debe ser en la actualidad el mejor árbitro asistente del fútbol criollo. Sobrio, experimentado y de perfil bajo, seguramente no quedará en la historia a la altura de Jorge Díaz -el más eficiente de los últimos años en esa función-, pero al menos sí ya ha ganado un lugar destacado en la galería de los buenos linemen.

No obstante ello, Rodríguez tendrá para siempre una mancha en su foja: no haber sido capaz de superar el test físico final para participar en el Mundial Sub 17, lo que derivó no sólo en su descalificación del campeonato sino que también la de toda la terna chilena que integraban su colega Patricio Basualto -otro de los buenos- y el árbitro Pablo Pozo.

Más allá de las circunstancias específicas del fracaso en las pruebas atléticas de la FIFA, el hecho da para una reflexión más profunda en cuanto al nivel de preparación -física, pero también teórica y de desarrollo de criterio- que hoy tienen los encargados de impartir justicia en las canchas nacionales.

El tema, en el ámbito futbolero, no es menor. No hay que olvidar que los jueces son parte de la estructura técnica de un partido (el Reglamento, de hecho, los incluye como elementos de relevancia). No sólo eso. La incidencia de su labor es grande en el resultado, y por ende, la exigencia formativa debe ser tan alta como la de un jugador o un entrenador.

Y en ese ámbito, precisamente, hay fallas. Porque los árbitros -y sus profesores- siguen el mismo mal criterio pedagógico de los colegios y de las universidades chilenas: se enseña -y, de consiguiente, se aprende- a obedecer las reglas y no a intepretarlas, a lograr los objetivos con el mínimo exigible y no a buscar la excelencia. En resumen, los árbitros se convierten en buenos servidores pero no en líderes y conductores de los encuentros.

Es obvio. La creencia de la profesionalización atenta contra la búsqueda de la magnificencia. Pero esa razón no alcanza como justificación para caer, como pasa hoy en el arbitraje nacional, en la autocomplacencia, ésa que se expresa en el propio discurso de los jueces donde todo error termina sólo en una promesa -incumplida- por iniciar la ruta del progreso.

Si no, sirvan como ejemplos las últimas equivocaciones de los árbitros -centrales y asistentes- en el torneo chileno: los penales no cobrados por Guido Aros en Calama en favor de Cobreloa frente a la U; el gol no sancionado por Carlos Chandía -previa impasividad del asistente Cristián Díaz- de Antofagasta a Colo Colo en la Segunda Región; la dispar interpretración referil a la hora de que dos jugadores del mismo equipo se agredan... ¿Hay alguna señal real, concreta, seria y responsable por parte del estamento referil chileno de que se vaya a cambiar el criterio de enseñanza y formación a partir de esas equivocaciones?

No. Al menos no se ha enunciado públicamente, lo que mueve a pensar en un inmovilismo. Peor que eso, en un conformismo que, a la larga, no sólo perjudica a la actividad, sino que a los propios jueces, actores esenciales ellos del correcto andar del fútbol.

Posteado por El Mercurio a las 08:45 AM | Comentarios (1)

 
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