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Mauricio Purto

Quizás la montaña más difícil del mundo está en la esquina de Huérfanos con Ahumada, como me dijo el doctor Beltrán Mena. Porque no es posible prever con certeza dónde hallaremos la boca del lobo. Si el juego está en encontrar los límites del alpinismo, claro que es en el Himalaya, por su altura. Allí está la última frontera de la escalada posible en nuestro planeta: la más alta cumbre, a través del terreno más duro, es decir, la pared más escarpada y friable, y de máximo desnivel, escalada en invierno, en el menor tiempo posible y en solitario.

En este paroxismo descrito, que suena a distorsión tecnicista, y donde evoluciona el juego alpino de la vanguardia de fines de siglo, han desaparecido dos de los más grandes de estas últimas décadas: Slavko Sveticic, en la Pared Oeste del Gasherbrum IV, y Janez Jeglic, escalando una de las intactas cimas del Nuptse.

Cada momento de la historia montañera ha tenido su montaña imposible. El monte Aiguille, el Cervino, el Cerro Torre, el Everest... Y cuanto más avanza, el filo, la interfase entre lo posible y lo imposible, se hace más estrecha.

Como la del Santo Grial, la búsqueda de la montaña más difícil del mundo no cesa. Entonces, la montaña pasa a ser un fenómeno secundario, quizás un medio donde verter inseguridades, una arena salvaje de egos que convierten estos templos naturales en escaleras de roca y hielo.

Urge salvar los pasos, porque la recompensa está, más allá de probarnos, del reconocimiento de la epopeya. La recompensa está quizás en los recuerdos, en el poder hacer, y en el camino recorrido.

Quizás subyaciendo a una codicia de poder, el juego de medirse, de ser más que, dificulta esa introspección previa, necesaria, ese "ponernos a tono", y por ende el arte del acecho y su consecuencia, el ritmo de la acción y de la no acción. En otras palabras, decidir lúcidamente cuándo se puede y cuándo no se puede subir, y por dónde. Para no toparnos con la montaña más difícil del mundo. O estar preparados para ella.

Quizás por eso antes de partir a la montaña, tengo una sensación de recogimiento, a la que soy más atento hoy. Un sentimiento casi corporal que obliga a centrarse, algo como tratar de hacer todo y estar en todo a la justa medida. Como si este modo de hacer las cosas en la montaña se trasladase a la vida cotidiana antes de partir.

También me cambian los sueños, que también evocan ese mismo sentimiento de despierto.

A este proceso psicológico, si se quiere espiritual, lo llamo "ponerse a tono". Es este sentimiento el que llama a prepararse físicamente. Y a algo más. Porque erróneamente podemos pensar que ponerse a tono es sólo entrenamiento físico-técnico.

La vivencia de la montaña exige algo más. Y quizás como yo he estado muchas veces, el cuerpo se acuerda de esto, antes, cuando ya sabe que va a regresar. Para acechar a la montaña y acecharse a uno mismo.

"La búsqueda de la montaña más difícil del mundo no cesa".

Posteado por El Mercurio a las 11:00 AM | Comentarios (1)

 
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