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SERGIO GILBERT J.

Si la consigna de Chile en Buenos Aires, el próximo sábado 13 en el inicio de las eliminatorias, es "parar a Messi a punta de una marcación férrea", querría decir que no hay mucha claridad conceptual para enfrentar el partido ante los argentinos.

Es cierto. El jugador de Barcelona es una pieza importante en la escuadra de Basile. Será, además, y con toda seguridad, el foco desde el cual los analistas trasandinos intentarán fortalecer su sólida esperanza de triunfo. Pero, ojo, es un error profundo -de argentinos y chilenos- pensar que el resultado será determinado por la sola capacidad de Messi para brillar.

Y es que el rosarino, a diferencia de lo que fueron en su tiempo Pelé, Cruyff y Maradona -por citar sólo tres estrellas indiscutidas de las cuales Messi aún está muy distante- es más un hijo de la colectividad que del destello individual. Es decir, su gracia tiene más que ver con su indudable capacidad para "leer" la estrategia general y engancharse en ella, más que en ser él el gran creador de la partitura.

Por eso es que para "detenerlo" o al menos "reducirlo" no parece buena fórmula -como ya lo han enunciado algunos entrenadores y seguramente lo tiene más que analizado el propio Marcelo Bielsa- establecer sobre él una marca personal. Más bien, lo lógico es crear un circuito futbolístico que impida que Messi reciba el balón con ventaja de visión periférica -que en eso es un maestro- y que no pueda hacer la gran diagonal que lo traslada desde la derecha hacia el centro del área rival.

Fácil de decir. Complicado de ejecutar porque la misión requiere que varias piezas del rival -en este caso de la Roja- se coordinen a la perfección.

Los primeros ejecutantes de un plan anti Messi son claramente los wines y el enganche porque los principales abastecedores del rosarino en el esquema del conjunto albiceleste son los zagueros externos y el volante central.

Tapar la salida de ellos, obligarlos a la entrega acelerada y, por ende, poco prístina, ayuda en demasía a que Messi se desarticule, toda vez que no es un jugador que asuma como segundo plan la búsqueda de la pelota cerca de su área.

¿Cómo enfrentarlo si es que, en definitiva, queda en posición de iniciar una carga ofensiva?

Ahí también debe operar el colectivismo por sobre la individual capacidad de un defensor, sea quien sea éste, para abortar la jugada del argentino.

En los metros anteriores a la entrada del área -con un Messi con pelota dominada- no puede existir inmovilidad defensiva, sino que permanente movimiento porque el rosarino, si es esperado, tiene la ventaja para con su habilidad quebrar cualquier muralla o, por último, lograr una infracción cercana a la valla enemiga. Por ende, aun cuando no se le quite la pelota al enfrentarlo, lo lógico es que se le obligue a cambiarle el perfil, a que recorra metros hacia al costado y no hacia delante, donde seguramente encontrará poco más que una posibilidad de centro que cualquier otra jugada y, si hay buen trabajo colectivo, un cerco mucho más asfixiante de parte del rival.

Messi, claro, no juega solo. Intuye y piensa en el colectivo y por eso no hay que descartar que haga lo que hace en Barcelona cuando se siente ahogado: se apoya en sus compañeros y renuncia al protagonismo.

Si lo hace, puede que Argentina tenga otras variantes. Pero ya no será lo mismo porque Messi, y es para apostar, si en la Argentina de Basile pierde trascendencia, comienza a sembrar dudas.

Posteado por El Mercurio a las 08:33 AM | Comentarios (17)

 
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