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Marcelo Bielsa es un revolucionario. Uno de esos tipos preclaros que han sido capaces de renovar las claves sobre las que se juega el fútbol en el mundo. Desde su aparición en la escena argentina, fue elogiado unánimemente, incluso en sus derrotas más dolorosas. Para decirlo de manera exagerada, si existiera un Nobel del fútbol, Bielsa ya se lo habría ganado.

Pero ni los genios son capaces de un cambio tan brusco. Al maestro le cambiaron la materia prima, los materiales, el lienzo y está obligado a producir su nueva obra contra el tiempo. No puede, ni en el mejor de sus delirios, ejecutar tan pronto, sobre todo si ha decidido aferrarse sin concesiones a sus dogmas, en pleno y total derecho.

Y, con todo respeto, después del pálido y desabrido debut en las clasificatorias queda clara la alternativa: o los jugadores se adaptan con acelerada intensidad a su propuesta o Bielsa tendrá que modificar su ambicioso plan, sobre todo cuando se juega de visitante.

Se agradece el afán protagónico, pero los espacios que genera el sistema provocan deficiencias en la marca que se traducen en infracciones que nos dañaron. Se reconoce el afán de ocupar las bandas ofensivamente, pero tras la lesión de Sánchez no hay especialistas que estén al nivel del desafío. Es atractiva la propuesta del mediocampo, pero la banda derecha es un karma que no se pudo resolver en los últimos tiempos. Y, para jugar con tres atrás, necesitamos más protección de volantes defensivos. Flexibilizar ese esquema para el partido contra Uruguay en Montevideo asoma urgente, más aún si -a diferencia de la realidad que vivió en Argentina- el abanico para la elección es bastante más limitado en Chile.

Otra cosa es el partido del miércoles con Perú, un rival que mostró una pálida imagen en el empate con sabor a derrota con Paraguay. No sólo debió haber perdido la escuadra del "Chemo", sino que dejó muchas dudas de funcionamiento con Solano y Vargas ocupando tibiamente las bandas, una defensa permeable en el mano a mano y la obligación de agruparse mucho para recuperar la pelota, lo que aísla a Farfán y a un cada vez más opaco Pizarro. Sus movimientos, como local, fueron previsibles, y la escuadra de Martino no debió esforzarse demasiado para sentar una supremacía que debió reflejarse en el marcador.

Perú es abordable incluso en medio de las dudas. El riesgo es el de siempre: la capacidad de definición ofensiva. Y en ese sentido quisiéramos pensar que Bielsa se guardó a Villanueva para este duelo, en una sociedad que debería firmar con Orellana. El 3-3-1-3 puede -debería- ser el bastión táctico de la localía. Pero requiere ser modificado afuera, cuando la realidad nos indica que, para tanta audacia, es imperativo más trabajo. Mientras tanto, Bielsa debería colgar en la puerta de su inexpugnable bunker un cartelito que quedó tan en desuso como las citronetas o las cortinas de malla de kiwi: R100 ajustado, no apurar.

Posteado por El Mercurio a las 10:45 AM | Comentarios (25)

 
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