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Camino a Sudáfrica

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Igor Ochoa

Desde que los sudamericanos decidieron jugar las clasificatorias en este formato largo, el fútbol de esos países entró en una dimensión deportiva y comercial que, en rigor, determina casi todo lo demás. Incluso por la paradoja competitiva de que este esquema les achica los riesgos a Brasil y Argentina que, en los tramos cortos, podían tener sufrimientos mayores cuando en ciertas ocasiones se topaban con equipos en un punto alto de rendimiento. Ahora, descontando alguna rareza no vista, su paso al Mundial es lógico y eso comprime aún más las posibilidades del resto.

Más que los torneos, desde la tradicional Copa Libertadores hasta el perfil acomodaticio de la llamada Sudamericana, el prestigio y la sobrevivencia relativamente feliz de los otros está dado por la disputa que tenemos en la puerta. Así, Ecuador bien puede ratificar su potencial en esta versión después de dos participaciones seguidas en la cumbre, por mucho que sus clubes no consigan, ni de cerca, refrendar internacionalmente ese rango de la selección. Y es muy legítimo que eso no les interese demasiado.

Como toda cita futbolera que desata pasiones nacionales, en esta mezcla de deseo y realidad hay tanto en juego que la eficacia es la única bandera posible. En un camino tan largo, con los mejores hombres gastados en las ligas más importantes y poco tiempo de trabajo de los seleccionadores, la pretensión estética queda en segundo plano.

A esa batalla van todos los que entienden la meta de Sudáfrica como una referencia incierta. Y en gran medida, después del sábado 13, la mayoría de los aspectos de las luchas locales e incluso el ordenamiento de sus competencias importa mucho menos. El saldo a fin de año de cuatro partidos definirá mucho más que los discursos de una dirigencia que, en Chile como en otras partes, llega al poder votada por las instituciones y después invierte todo -para el goce o el desangramiento- en ese club aparte que es la selección.

Esta tendencia que acá tiene el decorado de asistencias notables y hábitos de conducta diferentes de los hinchas, es tan poderosa que se singulariza en una expectativa sorprendente. Mucha gente que por simple ejercicio reniega del jugador criollo y sus andanzas, en esta fase espera con ansiedad el nuevo intento, en varios casos a contramano del pesimismo cotidiano.

Por eso la marea publicitaria de esta semana y la crispación mediática por la presencia de Marcelo Bielsa en el estadio de River Plate, son el maquillaje de un desafío mayor. En un contexto de organización interna que aún no da con la reestructuración voceada hace décadas, la maquinaria puesta en las eliminatorias salva o condena. Traerá más aire o aumentará las zonas grises.

Desde la primera edición del sistema para Francia '98 se advirtió que la selección terminaba, en su autonomía, por empequeñecer al resto. Los fracasos para las versiones 2002 y 2006 no variaron esa línea y ya no hay espacio para el rezongo en los clubes: la vida también parece estar en ese hilo.

Posteado por El Mercurio a las 08:39 AM | Comentarios (18)

 
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