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Por El Hinchapelota
Uruguay 2 - Chile 2, noviembre 18 de 2007

Pensaba iniciar esta columna de esta manera: "He cumplido un sueño".

Mi sueño no era ver ganar a la selección en Montevideo. Tampoco ver nuevamente a Salas gritando gol con la camiseta roja. Mi sueño era más personal: hacer lo que todo columnista deportivo siempre quiere hacer: Gritar "Yo se los dije".

Parecía un milagro. El milagro de Julito, le iba a poner de título. Tal y como lo había imaginado, Chile estaba ganando un partido imposible. Le habían hecho el 1-0 al filo del primer tiempo, manejaba el balón en el segundo, conseguía el empate y también el 2-1. Éramos felices y Julito saltaba en su cama en la clínica.

Todo pasaba de acuerdo a lo que había escrito hace cuatro días. Tal y como yo lo creía.

Pero no. En la vida no todo puede ser tan lindo.

Y no sirvió mantenerme con los cascos apretados en símbolo de cábala. Tampoco mirar la hora justo antes de un ataque, porque eso había hecho antes del 2-1. Menos idear el comienzo de la columna, diciendo que Julito era con todo derecho el primer Santo en vida que tiene Chile y el mundo.

Porque como la fama, nuestros momentos de felicidad son apenas efímeros. O emíferos, en buen chileno. Cuando estamos por hacer el salud, siempre se nos cae el vaso. ¿Se acuerdan de Italia en el Mundial de Francia? ¿Se acuerdan de Camerún en las Olimpiadas?

Hoy fue lo mismo. Y lo mismo volverá a ser.

Pero dentro de este destino casi griego ideado por quién sabe qué dios que simplemente no quiere que ganemos nada, hay cosas que sirven para mantener o renovar la esperanza.

Este Chile no le teme a nada. Con limitaciones, se para de igual a igual y al menos intenta hacer un fútbol tendiente a lo ofensivo. Busca los partidos. No sale perdiendo a la cancha, sino que asume que tiene tantas o más posibilidades que el rival. Son jugadores convencidos de que pueden ganar.

Y por eso luchan y arman y rearman aunque den un mal pase, aunque se equivoquen en una salida, aunque decidan equivocadamente cómo terminar.

Porque finalmente, después de tanto intento fallido, salen un par de jugadas buenas. Y por ahí la pierde Álvarez, pero la recupera Riffo y ya Droguett está trepando y corriendo y trepando, y el que desborda es Villanueva, por fin Villanueva, y el centro es gol y cómo no si es Salas, el de ahora, no el de ayer, el que la empuja de palomita.

Lo mismo ocurre después. Es Matías, el cuestionado Matías, el renaciente Matías, el que es insistente en el área y aguanta las patadas uruguayas hasta que le hacen el penal. Y así el 2-1 y Chile es una franja larga y angosta de felicidad. Es la copia feliz del Edén.

Lo que vino después no nos debe achacar. Muy pocos creían siquiera en el empate (sólo Julito y yo esperábamos ganar) por lo que el punto es clave, aunque todavía no hay que celebrar... al menos hasta el miércoles, donde ahí sí que hay que ganar o ganar.

Posteado por El Mercurio a las 07:23 PM | Comentarios (20)

 
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